Al sol y bajo el puente
En esta ciudad, si hay algo que nos gusta es comprar, y da la casualidad de que somos buenos pa´ vender. Esto siempre ha sido uno de los motores de la economía local. Un comercio pujante y siempre listo para adaptarse a las condiciones del momento.
Pero en estos tiempos, mientras el gobierno nos dice que los empleos se recuperan y la lucha contra la inseguridad esta llenando de victorias a las heroicas fuerzas del orden. El comercio está deprimido, el dinero no está circulando, las economías familiares se resienten cada vez más.
Una de mis actividades favoritas de domingo es mercadear, primero voy al mercadito que se pone en la colonia y si me quedan ganas voy a ver que veo bajo el puente del papa. Me gustan estos sitios en particular porque rompen completamente con el concepto de los “no lugares” de Marc Auge, de los que cada día se encuentran más.
Según Auge, un no lugar es aquel sitio cuya transitoriedad y falta de identidad no da suficientes razones para considerarlo un lugar. Carecen de personalidad y de función social, a pesar de que poco a poco nos tratan de convencer de que justamente en ellos hay que vivir. Un hotel de cadena internacional, hospitales, centros comerciales. Serán iguales en cualquier punto, ofreciendo siempre las mismas mercancías y los mismos espacios.
Los mercados “informales”, en cambio, son sitios de intercambio de mercancías pero también de ideas, así como lugares que invitan a la organización social.
Y siempre tienen una identidad muy propia, cada mercado se diferencia de los demás no solo por las mercancías que ofrece, sino por los individuos que lo conforman. Nadie confundiría el mercado de Jamaica en el DF, con sus pasillos colmados de flores, con el mercado Juarez en Monterrey, oloroso a cabrito y hierbas curativas, o el mercado de Juchitán con sus hileras de puestos de pescado seco, quesillo o huipiles.
El del puente del papa es muy especial, relativamente joven pues cumple apenas 20 años el 2011, pero dotado de una sorprendente identidad propia, no solo porque en el se puede encontrar desde un alfiler hasta un paracaidas (no he encontrado aún un paracaidas, pero si equipo de buceo en una ciudad a 400 km de la costa más cercana) sino porque en su relativamente corta existencia los comerciantes se han organizado para mejorarlo cada vez más, ya no existen las lonas multicolores que cubren los puestos sino estructuras metálicas que sostienen un techo fijo (Aun de lona) y delimitan los espacios, así como un estacionamiento pavimentado en lugar del polvoso lecho del río que cumplió esa función por más de una década.
Ahí encuentro yo las dosis de ingenio que me reconcilian con mis paisanos: desde la señora que vende la ropa vintage más extravagante hasta el señor que se que siempre trae mochilas buenísimas a muy buen precio (Puedo decirlo de primera mano, ya tengo demasiadas mochilas, cada una para una ctividad especial, todas compradas con el) o el par de puestos que ofrecen equipo fotográfico de segunda mano, mi favorito. Todos son personas que se ganan la vida apuntandole a cierta clientela sin hacer estudios de mercadeo de ningún tipo.

Ayer, en pleno día del padre, el mercado estaba solo. Domingo de quincena, tampoco el sábado previo al día del padre se llenó de gente ávida de regalos, solo aquellos que venden aguas frescas o helados en un mercado en el que las pocas rendijas de sol son evitadas por los escasos transeuntes.
Los organizadores, eso si, tuvieron la idea de regalar tamales por el día del padre, y entre tamales y un partido del mundial los marchantes van pasando, esperando que el próximo domingo sea mejor.




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